Hábitos. Por qué son tan importantes y cómo podemos generar nuevos sin luchar contra nosotros mismos.

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Antes de dar un paso en cualquier dirección, hay que medir muy bien qué consecuencias tiene darlo y, también, qué consecuencias tiene no darlo; saber qué efectos tiene en nuestra vida las cosas que estamos haciendo. En otras palabras, tenemos que pensar antes de tomar una decisión. ¿Pero no sería demasiado estresante vivir constantemente pensando en todo lo que debes hacer? De esta necesidad nacen los hábitos. Gracias a ellos podemos aumentar nuestra productividad y gestionar nuestro tiempo.

«Quienes dicen que para jugar a un juego hay que saber las reglas del juego, normalmente no conocen las reglas de juego.»

Al día tomamos millones de decisiones de forma inconsciente, en modo piloto automático. El cerebro siempre va a buscar la forma más eficiente de distribuir los recursos, ya que si tuviéramos que decidir conscientemente cuándo respirar o cuándo pestañear, acabaríamos locos o muertos. Nuestro cerebro interioriza estas acciones y otras más complejas como el lenguaje no verbal, caminar o tocar un instrumento; y distribuye las cargas de trabajo para que podamos dedicar nuestra atención y concentración a forjar nuevas decisiones. Es la única manera de seguir evolucionando y mejorando, de lo contrario nos estancaríamos en determinadas acciones que requerirían toda nuestra atención. Cada uno de los nuevos procesos que pasa a ejecutarse desde el piloto automático, es un hábito generado. Una vez adquirido y asentado en nuestro estilo de vida, podemos establecer nuevos y, de este modo, ir sumando hábitos y automatismos a nuestro día a día con el fin de conseguir todo aquello que nos requiere esfuerzo de forma natural y, gracias a ello, poder centrar el esfuerzo en otros asuntos . 

«Generar hábitos es ganar la batalla contra ti mismo.»

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Bajo esta premisa nos esforzamos con vehemencia y perseverancia hasta lograrlo, pero el fracaso está muy cerca y las tentaciones demasiado seductoras. ¿Pero por qué? ¿Qué razón nos lleva a tratar de auto boicotearnos y no avanzar si es lo que nos hemos propuesto? Porque no hemos conectado nuestro hábito de la forma adecuada. El esfuerzo per se no tiene ningún sentido si no se enfoca bien. Llevar una carreta llena de trigo entre cuatro personas es eficaz, pero no eficiente. Es más eficiente invertir el esfuerzo en construir ruedas. Al principio requiere de más esfuerzo y tiempo, pero una vez la rueda está terminada es capaz de girar por sí sola. Somos más productivos, más eficaces y más eficientes.

(Lee «Crea tu estilo de vida. Redefiniendo los conceptos tiempo, esfuerzo y dinero para mejorar tu felicidad» y aplica bien la fórmula del esfuerzo).

Según la Real Academia Española, esto es un hábito:

«Modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas.»

¿Ya está? Esta definición es incompleta. ¿Por qué si no a tanta gente le cuesta levantarse cada mañana para ir a trabajar aunque lleven diez años haciéndolo? Porque los hábitos deben conectarse con propósitos que nos hagan felices, que nos hagan crecer, que nos desarrollen como personas. ¿Cómo vamos a interiorizar un proceso que no nos gusta? Conectándolo a tu pasión. No te enfrentes a tu naturaleza, ayúdala y guíala.

Imagina que tu propósito es levantarte a las seis y media de la mañana. Lo intentas una y otra vez y no lo consigues y, al final renuncias y prefieres dormir que dejar atrás las sabanas y abrazar el frío de la mañana. ¿Por qué sucede esto? Porque madrugar sin ningún motivo específico no motiva a nadie. Nuestro cerebro no entiende por qué nos castigamos sin ningún sentido. Sin embargo, eres capaz de levantarte a las cinco si tienes que coger un avión para irte de viaje o ver qué han dejado los Reyes Magos debajo del árbol. Porque hay una pasión detrás. El problema es que llevamos tanto tiempo sumidos en la monotonía que hemos olvidado nuestras pasiones, nuestras motivaciones, aquello que nos saca de la cama. Hemos dejado de levantarnos con ilusión, ahora despertamos con hastío. Hemos olvidado quiénes somos.

«Somos nuestras pasiones. Somos nuestras convicciones. Conéctate contigo mismo, busca tu motivación y encuentra tu propósito.»

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Conozco a una persona que se levanta todos los días a las seis de la mañana para ir a entrenar a la playa. No le importa si ha dormido tres horas o siete. Siempre se levanta sin esfuerzo, se levanta motivado. ¿Sabes por qué? Porque ha conectado el hábito con su propósito. Quiere ser futbolista profesional. ¿Una fantasía? El tiempo lo dirá. Pero su voluntad es tan fuerte que aunque los resultados tarden en llegar, continuará. Se ha comprometido a entrenar cinco horas diarias. Muchos piensan que eso es de locos. Somos capaces de dedicar cuarenta horas —e incluso más— a trabajar en algo que no nos hace felices, pero no estamos dispuestos a dedicarlo a aquello que nos llena. No sé quién está más loco. La clave reside en esforzarte por lo que quieres, en luchar por lo que anhelas, sin medias tintas, haciendo todo lo que esté a tu alcance para conseguirlo. Creemos que, como dice la canción: «los sueños, sueños son», pero no. No existen metas inalcanzables, sólo voluntades frágiles. No hay caminos imposibles, sólo caminantes sin convicción. 

«Desempolva tus pasiones. Practícalas. Entrégate a ellas. Sé tú mismo sabiendo quién eres.»

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Como dijo Sandoval en la película «El secreto de sus ojos»:

—Escribano, ¿qué es Racing para usted?
—Una pasión.
—Aunque hace nueve años que no sale campeón.
—Una pasión es una pasión.
—¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión.

El ser humano siempre se ha movido por pasiones. La pasión creó la música, el arte, el baile, la escritura… El mundo ha sido forjado por quienes se atrevieron y se esforzaron en conquistarlas. ¿Por qué tú no vas a intentarlo? ¿Prefieres la comodidad de la cama a la incomodidad del esfuerzo? No naciste para ver el éxito de otros a través de una pantalla. No creciste con el sueño de estar tumbado en un sofá. ¿Recuerdas cuáles son tus sueños? ¿Cuál fue el último paso que diste en la dirección adecuada? ¿Cuándo renunciaste a ellos?
Dicen que el ser humano puede sobrevivir tres minutos sin aire, tres días sin agua y tres semanas sin comida. Pero no se trata de sobrevivir, se trata de vivir. ¿Cuánto tiempo puedes vivir sin pasión? Hasta los romances más intensos se desvanecen cuando la pasión se evapora. No te limites a imaginar, no vivas los sueños de otros, encuentra tu propósito y acércate a ellos. Lo que te levanta de la cama es la motivación, lo que te mantiene fuera es la disciplina, pero lo que le da sentido es la pasión. Si te alineas con tu propósito, adquirirás el hábito.

Crea tu estilo de vida. Redefiniendo los conceptos tiempo, esfuerzo y dinero para mejorar tu felicidad.

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Este es el estilo de vida que diseñaron para nosotros y que, ciegamente, tratamos de alcanzar sin preguntarnos si es lo que queremos o si está bien confeccionado:

«Estudia. Trabaja. Financia un coche. Encuentra algo de lo tuyo. Busca una pareja. Consigue una hipoteca. Ten hijos. Mantén el trabajo hasta los 65. Jubílate. Disfruta la vida.»

Nos limitamos a avanzar por una carretera llena de señales que alguien colocó para guiarnos y evitar que nos entre el pánico de tener que decidir por nosotros mismos qué camino tomar, y así el miedo que conlleva la libertad, aunque también perdemos la opción de descubrir nuevos lugares y oportunidades.

¿Alguna vez te has planteado si no habrá otra manera de llegar? Es más, ¿alguna vez te has planteado adónde quieres llegar? Si no sabes dónde vas, da igual el camino que escojas. 

Mientras crecemos y nos formamos somos adoctrinados por parte de nuestros padres, profesores, compañeros, jefes…, bajo el yugo de esta premisa que busca la felicidad a largo plazo. Nos enseñan a vivir bajo el esperanzador mensaje de que si sigues todos los pasos obedientemente, algún día serás feliz. ¿Pero han conocido ellos un camino diferente o se han conformado con el que venía escrito? No es fácil replantearse los cimientos que sustentan tu vida y, a decir verdad, yo seguía ese dogma y completé los cinco primeros pasos. Fue entonces cuando me di cuenta de que esta ruta no me llevaba a la felicidad, sino a una vida cómoda y fácil. Y me cansé, entendí que ese estilo de vida no estaba hecho para mí. La ausencia de desafíos me aburre, algo completamente normal: cuerpo y cerebro están cableados para superar desafíos e incomodidades. El frío propició el descubrimiento del fuego, la inseguridad erigió los cimientos de los edificios donde protegernos y la injusticia tejió las leyes y la sociedad. La incertidumbre, el miedo y el estrés avivan el instinto de supervivencia y eso nos ha permitido mejorar, prosperar y evolucionar.

«Este mundo no existiría sin incomodidad»

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En algún momento se nos olvidó que la incomodidad es el progreso. Detente un momento y piensa en cómo te sientes después de una sesión extraordinaria de ejercicio y después de una sesión normal. ¿Y un mes esforzándote en aprender algo que te era totalmente desconocido? Exacto. Cada acción que supera la frontera de la normalidad y entra en el terreno de la incomodidad se traduce en crecimiento personal. ¿Y qué efectos tiene esto? La incomodidad moldea tu cuerpo, expande tu mente. Te otorga confianza, seguridad, motivación, amor propio y, en definitiva, te hace crecer, te hace sentir que eres alguien diferente de aquel que un mes atrás no se atrevía a salir de su zona de confort. Esto se puede aplicar a cualquier aspecto de tu vida; en cuanto sales de la normalidad y vas más allá comienzan los cambios, tanto externos como internos. Porque la vida no está hecha para ir a medio gas, la magia aparece en los extremos.

Pero claro, cambiar de estilo de vida requiere esfuerzo. Es más cómodo ponerse excusas e inventarse causas para seguir viviendo en modo piloto automático, dejándose mecer por el seductor aire de lo conocido, avanzando días en el calendario de tu vida con la ley del mínimo esfuerzo instaurada impidiendo que las cosas cambien. Te empeñas en vivir bajo la sombra de la monotonía y te atreves a preguntarte: ¿por qué mi vida no avanza?, ¿por qué los años pasan y todo sigue igual? Porque no das ningún paso, te refugias en la zona de confort y te quedas estancado. El primer paso es el más difícil, pero también el más importante. Puede que ese primer paso no te lleve donde quieras, pero te saca de dónde estás.

Hace poco más de un año que decidí crear mi propio estilo de vida, y ahora me pregunto: ¿cómo no lo hice antes? Era como si hubiera estado avanzando por un sendero que otro había construido para mí. Me hicieron creer que lo importante era el dinero, ¡pero lo importante es el tiempo! El tiempo es irrecuperable, y yo he dedicado el mío a otros a cambio de veintidós días de vacaciones y una paga al finalizar cada mes. El dinero se puede conseguir de muchas maneras, sólo necesitas esfuerzo e imaginación, ¿pero tiempo? ¡Ay! Cada minuto que pasa se evapora para siempre. Cambiamos nuestro tiempo por dinero, es lógico, ¿pero vale la pena dedicar tanto por tan poco? ¿Cuánto vale tu vida? Somos nosotros quienes debemos decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. 

«Yo sí me esfuerzo, trabajo muy duro todos los días»

rutina Hacer a la perfección algo irrelevante no lo convierte en importante del mismo modo que dedicar tiempo a cosas inútiles no las convierte en útiles.

Hemos crecido con la idea de que el trabajo se mide por sacrificio personal en lugar de productividad profesional. Si puedes hacer en cinco horas lo que debes hacer en ocho no serás recompensado, te verás obligado a trabajar tres horas más. Ante este panorama, disminuimos nuestra productividad y creamos un vínculo esfuerzo-recompensa que nuestro cerebro lo interpreta de la siguiente manera: «No importa si hago mucho o poco, el resultado es el mismo». Interiorizamos este mensaje y creemos que la productividad es la máxima recompensa por el mínimo esfuerzo. Otra vez volvemos a caer en el engaño de que el dinero es más importante que el tiempo. La productividad es la mínima inversión de tiempo por máximo beneficio. Menor tiempo no conlleva menor esfuerzo, sino todo lo contrario.

Nos enseñan a no ser productivos y nos premian por ello. Instauramos este sistema de mínimo esfuerzo por máximo beneficio en nuestra vida y, claro, el tiempo pasa y comenzamos a ver que algo no funciona. Queremos un cambio en nuestra vida, queremos prosperar y ser más felices y, ¿qué hacemos? Nos esforzamos más. Error. Aumentamos el esfuerzo en una fórmula incorrecta. Nos esforzamos más y más para así tener más dinero y con ello más felicidad, pero es entonces cuando vemos que nuestro tiempo libre disminuye. Hay que enfocar y maximizar el esfuerzo en busca del resultado correcto: disminuir el tiempo invertido.

«No puedo cambiar mi estilo de vida, necesito dinero»

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¿Tan difícil es de conseguir para que lo valoremos tanto? No. Sólo que queremos conseguirlo sin que tenga incidencia en nuestro estilo de vida, sin abandonar nuestra comodidad, sin aventurarnos en probar nuevas formas; adictos a la fórmula del mínimo esfuerzo y sin ver más allá del modelo que nos han implantado. Si no construyes tu propio camino, sólo seguirás el de alguien. ¿Cuándo fue la última vez que te interesaste en aprender algo nuevo, sea un oficio, un deporte o una nueva temática?

Queremos más haciendo menos. Queremos conseguir el cuerpo deseado, pero no queremos sufrir agujetas por ello. Deseamos poder viajar cuando nos plazca, pero no comenzamos ni a pensar cómo podemos conseguirlo. Así no se puede. Cuando entiendas que la felicidad no está en una vida sin esfuerzo, comenzarás a ver cómo aumenta. Si no sabes cuánto tiempo o dinero necesitas, ¿cómo vas a conseguirlo? Aumenta el esfuerzo para disminuir el tiempo invertido y verás como tu felicidad y tu dinero crecen. Porque dinero sin tiempo suele traducirse en la adquisición de objetos con la esperanza de aumentar nuestra felicidad, pero lo que realmente aumentamos es nuestra comodidad. Vamos agregando comodidad a nuestra vida a través de objetos y productos hasta que llega el momento que, tenemos tantos y creemos que son tan importantes, que se convierten en nuestra cárcel. Como dijo Séneca:

«Pobre de esa clase, aparentemente rica, aunque en realidad la más terriblemente empobrecida de todas, que ha acumulado escoria, pero no sabe cómo usarla, ni cómo deshacerse de ella, por lo que ha forjado sus propios grilletes de oro y plata».

Basamos nuestro estilo de vida en busca del confort, pero es esa comodidad la que nos está matando. ¿Por qué entonces continuamos haciéndolo? Porque obedecer es más fácil que pensar. Porque la libertad da miedo. Porque la libertad conlleva responsabilidad y sólo alguien totalmente responsable de sus actos es libre.