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El impacto de las redes sociales en el aprendizaje

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Tiempo de lectura: 6 minutos

Cada día observamos a nuestro alrededor, en la televisión y a través de internet, personas capaces de hacer cosas increíbles, crear ideas que jamás se nos hubiesen ocurrido y llevar a cabo proyectos en los cuales nos hubiésemos rendido. Parece que la brecha entre estos protagonistas y la mayoría de la gente se amplía día a día.  ¿Cuánto tiempo cree que dedican a eso en lo que destacan y cuanto a sus redes sociales? Mientras tú te desplazas hacia abajo con el dedo entre un mar de fotos, cotilleos y falso éxito; ellos entrenan, estudian, practican y triunfan.

Tú decides qué hacer con cada nuevo día, si acortar la distancia que te separa o alargarla. Deja de admirar a gente a través de la pantalla y comienza a admirar a quien tienes delante del espejo. Mírate a ti mismo. ¿Qué quieres? ¿Por qué vas a luchar? Deja el victimismo y la envidia: «todo está inventado», «comiendo arroz y pollo yo también tendría ese cuerpo», «si no tengo dinero es porque tengo mala suerte». Basta. Si ellos pueden, tú también.

Para tener éxito y lograr un objetivo se necesitan una serie de hábitos y habilidades, y para fracasar sólo se necesitan malos hábitos. El aprendizaje es una de las claves del éxito, pero pensar que es necesario aprender algo que desconocemos o tener habilidades que no poseemos, nos hace ver una barrera infranqueable. Comenzamos a pensar en las horas y horas que tenemos que practicar para conseguir acercarnos a alguien que nos saca ventaja, y nos desanimamos. No renuncies, hay formas de desarrollar nuevas habilidades en poco tiempo.

No hablemos de éxito, hablemos de fracaso.

El fracaso tiene muchos ingredientes, y no siempre es tan bonito y tan didáctico como nos lo hacen ver. Me gusta diferenciar «fallar» de «fracasar». Para mí fallar es intentarlo y no conseguirlo, fracasar es intentarlo a medias, sin darlo todo, ya sea por falta de energía o falta de conocimiento. Pero no permitas que el fracaso te haga abandonar.

Nos rendimos por miedo, pereza, falta de compromiso, poca convicción y poca motivación. ¿Me asegura eso que con esos ingredientes lo conseguiré? No. Puedes seguir estos pasos para aumentar tu fuerza de voluntad y estrellarte de todas formas. El desconocimiento, las ideas mal ejecutadas, poca o nula visión y no ser consciente de tus limitaciones te aseguran el fracaso. ¿Aprenderás? Sí. Pero a base de golpes que podrías esquivar. Como dice Emilio Duró «si motivas a un tonto, sólo tendrás a un tonto motivado». Estos son algunos de los ingredientes que tiene el fracaso. Pero exactamente quiero hablar de la que considero que está afectando a más gente sin que se de cuenta. Como una enfermedad silenciosa que destruye tu futuro, oculto entre nosotros y que, por la dificultad de verlo y aceptarlo, se vuelve aún más peligroso: la tecnología.

La tecnología nos ha traído una serie de comodidades que jamás habíamos vivido antes, las adoptamos sin pensar demasiado en cómo cambian nuestra forma de vivir y nos dejamos seducir sin pensar en las consecuencias que consigo trae. Cada cambio tecnológico ha sido seguido de un cambio en el comportamiento humano. Con la revolución industrial y las máquinas, el hombre se emancipó del trabajo y se reguló una jornada laboral que, por primera vez desde hacía mucho tiempo, daba al hombre de a pie tiempo libre para disfrutar, que acompañado de pocos recursos económicos, se convierte en tiempo para pensar. Aparecen los hobbies, se crean asociaciones deportivas, y aparecen una serie de corrientes filosóficas que abogan por los derechos del individuo y la libertad.

El gran cambio que hemos sufrido en este nuevo milenio es el de la tecnología de bolsillo, o el smartphone. Esto lleva a una serie de cambios positivos, pero toda luz proyecta una sombra, y si no levantas la cabeza no verás lo alargada que puede llegar a ser. La tecnología nos ha traído la privación del silencio. O dicho de otra forma: ya no pensamos. Hablamos mucho y no decimos nada. Caminamos mucho y no avanzamos. No vamos a ninguna parte. Antes sólo teníamos círculos sociales, ahora también tenemos redes sociales. Este exceso y facilidad para la conectividad nos aleja de nosotros mismos. Hemos cambiado la conversación en nuestra cabeza, por el desplazamiento entre chats vacíos, vídeos estúpidos y fotografías perfectas.

El impacto de las redes sociales en nuestro comportamiento

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Vivimos en una época en la que estamos rodeados de facilidades. Quiero hablar con un amigo, saco el móvil y le envío un WhatsApp. Necesito información, la consulto a instante, incluso si busco a alguien con quien tener una cita, no tengo ni que salir y enfrentarme al mundo. Hemos perdido la paciencia, y estamos perdiendo la capacidad de pensar en nosotros. Cada día, veo en el metro este fenómeno, o en la cola de un supermercado. Parece que si hay más de tres personas por delante de ti, esos dos minutos de espera se hacen insufribles y hay que desbloquear el teléfono para sentir que no se pierde el tiempo. Curiosa paradoja: perdemos el tiempo en el móvil para no sentir que perdemos el tiempo. Sin silencio nos llenamos de ruido, dejamos de pensar, y sin pensar, dejamos de saber quiénes somos, qué queremos y cómo vamos a conseguirlo.

¿Entonces por qué tienen tanto éxito? Porque sí genera un importante factor que nos hace felices: la ausencia de preocupaciones, que a su vez genera un estado inmediato de euforia, como las drogas.

La tecnología como droga del siglo XXI

Las interacciones a través de redes sociales aportan a nuestro cerebro dopamina y recompensa inmediata, al igual que el sexo, el alcohol, el tabaco, el juego y las drogas, en otras palabras: es adictivo. El problema es que los smartphones camuflan sus efectos o no han estado tanto tiempo entre nosotros como para poder ver los daños a largo plazo, por tanto no podemos cuantificarlo. Y en este mundo, parece que si algo no se puede medir, no existe. En los años 60 el tabaco era recomendado por médicos para la descongestión nasal y a principios del siglo pasado se comercializaba agua radioactiva, que era mortal. Así que tenemos una «droga de bolsillo» que podemos consumir cuando queramos, sin límites. Y como toda droga, genera depresión. Detrás de la irradiación de felicidad y superación de cada foto y de cada texto de cualquier influencer, hay una persona con sus problemas, sus desilusiones y sus preocupaciones. Como tú. Como yo. Como todos. No entender este punto hace ver que tu vida no es tan guay como la de otros, ni tus paisajes tan bonitos, ni tu cuerpo tan hermoso ni tu ropa tan moderna.

Creemos que la tecnología nos dará la felicidad que no encontramos, pero es un error, porque justamente, tres de los factores que más contribuyen a la felicidad no se pueden conseguir mediante la tecnología, o al menos directamente de ella: desarrollo de habilidades, creación de relaciones duraderas y satisfacción laboral. Y hoy te voy a hablar del primero.

Las redes sociales como barrera del aprendizaje

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Si aún no has entendido que uno de las claves para aprender nuevas habilidades es despegarnos de la tecnología, te lo recalco: fuera el móvil. Sólo con desactivar las notificaciones y restringir su uso a ciertas horas del día habremos conseguido un gran avance. Y si no te lo crees, pruébalo, aunque el mejor consejo es que si quieres aprender algo nuevo en tiempo récord, directamente lo dejes apagado en un cajón.

¿Por qué no se puede aprender teniéndolo cerca? Por las interrupciones y las señales emocionales que genera. Te voy a poner un ejemplo. Imagina que estás intentando leer un libro y a los cinco o diez minutos, tu pareja —o no pareja— te dice de ir a la cama, que va a ser épico. ¿Te resistirías? No sé tú, pero me lo imagino mientras escribo estas líneas y probablemente yo no me resistiría, es algo que tengo que mejorar. Bien, científicamente hablando, las notificaciones tienen el mismo efecto, en mayor o menor medida dependiendo de varios factores.

Yo hice la prueba, dejé el móvil apagado en un cajón para disponerme a estudiar, escribir y cualquier otra tarea que necesite de mi mente al 100%. Y a pesar de que no me considero adicto, sentí el síndrome de abstinencia. Sufrí incluso falta de concentración, deseos de utilizarlo, de ver si alguien me había hablado o,  simplemente, necesitaba sentirme conectado. Al descubrir eso, decidí estar sin móvil durante dos días. Las primeras 24 horas fueron especialmente duras, pero las siguientes fueron reveladoras. Mis niveles de concentración funcionaban muy por encima de lo lo que yo creía que era mi cien por cien. Y no sólo eso: pensaba. Veía a los demás, con sus espaldas curvadas, caminando por la calle mientras miraban una pantalla, con sonrisas estúpidas en la cara, consumiendo contenido vacío, resumiendo su mundo a cinco pulgadas.

El teléfono móvil puede ser una gran herramienta, pero debemos diferenciar cuándo poseemos a la tecnología y cuándo la tecnología nos posee a nosotros. Porque si de verdad quieres dar un paso hacia adelante y desarrollar habilidades para tu vida o tu carrera, debes separarlo de ti en el proceso. Es la única manera de mejorar nuestra concentración, la parte más importante para desarrollar nuevas habilidades. Como ves, el éxito o el fracaso está en tus manos, y nunca mejor dicho.

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  1. ¡Realmente interesante Juanma!

    Es una reflexión que llevo un año haciendo, por eso me despojé de toda “caja de bolsillo tonta”. Me ha interesado mucho cuando has hablado del circuito de recompensa dopaminérgico, pero como gran droga te has dejado “el amor”. Justamente son estos placeres “ipso facto” son los que nos hacen perder la paciencia de la que hablas, y lo más importante, las nuevas generaciones no conocen otra cosa, por lo tanto estamos creando seres dependientes de la recompensa y del “fast food” emocional. Los niños/as ya no tienen paciencia por nada y se acomodan bajo las faldas protectoras de los padres y de la facilidad de conseguir casi cualquier objetivo, incluso el éxito (haciendo referencia a los influencers). Esos son ahora sus ídolos, cuando los nuestros eran: ser médico, periodista, actor (de los de verdad), entre otros. Ya no se valora el camino, sólo el fin. Los Memes son justamente los causantes de la evasión de nuestras preocupaciones, hasta el avistamiento de una tercera guerra mundial puede dar pie a un Meme, que por un lado, el humor es bien recibido, siempre y cuando no nos despegue los pies del suelo del suelo.

    ¡Qué pena que haya que desconectarse del móvil para poder conectarse con uno mismo!

    PS: Me gusta mucho cómo escribes, ¡sigue así!

    Darya

    1. ¡Muchas gracias por tu comentario Darya! La verdad que es cierto, el amor es otra droga, incluso más potente que el resto. Decidí no incluirla porque no quería meter a algo tan bonito junto a un saco de elementos más nocivos, porque si bien el amor te puede llevar a hacer las mayores locuras, cegarte como nada y dañarte de la forma más silenciosa y anónima de todas… también es el elemento que nos ha hecho desarrollarnos como sociedad y encontrar la felicidad.
      Me gusta mucho la comparación que haces sobre las aspiraciones de diferentes generaciones, seguro que si los Reyes Magos nos dijesen qué cartas les llegan, esto también reflejaría grandes cambios, de querer el juego del doctor, a un móvil o una cámara.
      Respecto a lo de los memes, creo que no es tanto una causa como una consecuencia, me explico: usar la tecnología nos desconecta de los demás y nosotros mismos, nos deshumanizamos. Y esta falta de humanidad se refleja en una despreocupación por los problemas ajenos y un humor casposo que busca el like o retweet, para que ese «prestigio» social pueda cubrir sus carencias afectivas. La gente prefiere un «me gusta» a un abrazo.

      ¡Un saludo y me alegro de que te guste! Continuaré y espero tenerte por aquí más a menudo 😀

  2. ” (…) el sexo, el alcohol, el tabaco, el juego y las drogas…” no pienso que nada de lo nombrado sea nocivo, la explotación, la obsesión, el vicio, sí puede serlo :), igual pasa con el amor, ¿no crees?. 🤓

    En cuanto a los Memes, pienso que son causa, en un principio para hacer humor rápido en la red; rápido, veloz, como es todo ahora. Aunque creo que muchas El Sistema se han percatado del efecto del Meme en nosotros; la despreocupación y trivialidad al asunto, sea el que sea, de modo que se aprovecha de ello. ¿Suena un poco conspiranóico, tal vez? haha!, pero no está muy lejos de la realidad, y nunca lo ha estado: “Pan e circus”. Y el like, como bien dices, activa nuestro sistema de recompensa, de modo que es más rápido e cómodo (anticómodo, haha) que mirar a a alguien a los ojos y darle un abrazo extendido en el tiempo. ¡Qué pena! 🙁

    PS: Puede que sí, puede que no… 😜

    1. ¡Buen punto! Tengo que darte la razón a ti, y a Paracelso, que decía: «Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis».

      Y sí, un poco conspiranoico sí suena jaja. Nunca me he sentido identificado con el sistema ni le he dado demasiada importancia. Aunque debo reconocer que ese entramado social y económico es lo que mantiene la comodidad de muchos a costa de la libertad que, tristemente, es con lo que muchos se conforman. Pero por lo que veo, ni tú ni yo queremos eso 😀

      Sí… nos toca vivir la época en la que la autoestima se mide en likes.

      PD: ¡Pues estaré atento!

  3. ¡Me ha encantado la frase! 😀
    Lo de conspiranóico no lo decía en sentido peyorativo, en realidad hay más tramas, corrupción, hipocresía y maquiavelismo del que creemos. 😉

    “La autoestima se mide en likes”, muy cierto, pero es igual de nocivo esperar que alguien te diga “qué guapa estás”, “qué bien lo haces”, “qué inteligente eres”… la autoestima se ha de buscar dentro, no fuera; en la aceptación de los demás, aunque como seres sociales es prácticamente imposible no tener dependencia (por mínima que sea) a la recompensa social.

    PD: Eso quiero.

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