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Aumenta la fuerza de voluntad y elimina la pereza

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«Quiero tener fuerza de voluntad», sí, muy bien, ¿pero acaso sabes qué es o cómo funciona? Hablamos de ella como si se pudiera comprar, como si pudiéramos ir a la farmacia y pedirla en cápsulas. Si no comprendes el funcionamiento de algo, será muy difícil hacerlo funcionar. Confundimos fuerza de voluntad con energía, con motivación, con sacrificio o con disciplina. Escogemos diferentes palabras para un mismo significado porque creemos que pronunciándolas sus diferentes mensajes serán nuestros. Pero somos engañados, nos dejan pensar que somos sus dueños, cuando en realidad somos sus esclavos.

El ser humano tiende a pensar que sabe más de lo que realmente sabe, que su opinión es más valiosa de lo que realmente es y que por el hecho de conocer algo, cree que lo entiende. Y cuando oímos una verdad diferente a la ya conocida, nos sorprendemos y abrimos los ojos ante esa nueva idea, o algunos —necios— los cierran descartándola por miedo a pensar de otra forma.

«Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la fuerza de voluntad.» — Albert Einstein

La fuerza de voluntad es un músculo. Como tu bíceps. Como tu cerebro.roy baumeister

Para que entiendas cómo funciona la fuerza de voluntad, debemos remontarnos a 1996, cuando en la Case Western University, el psicólogo Roy Baumeister realizó un experimento en busca del funcionamiento de este músculo. Allí, reclutaron a un grupo de sesenta y siete estudiantes a los que se les dijo que participarían en una prueba sobre memoria gustativa. Los alumnos llegaron en ayunas a un gran comedor donde tenían dos platos delante de sí, en uno, galletas con chocolate recién hechas que inundaban el salón con su olor y, en el otro, raíces amargas. Se pidió a la mitad del grupo que comiesen las galletas, y a la otra mitad, las raíces. Se les entregó un cuestionario que deberían rellenar al día siguiente, pero antes de eso, se les pidió participar en otra prueba, una prueba supuestamente sin relación alguna, aunque era el experimento real:

A cada uno de ellos se les entregó una hoja con varios problemas matemáticos que debían resolver sin límite de tiempo, aunque también eran libres de marcharse cuando quisieran. En realidad, aquellos problemas eran imposibles de resolver, por lo que la frustración de los alumnos hizo que uno a uno fuesen abandonando hasta que, treinta minutos más tarde, sólo quedaban cuatro. El profesor los hizo marchar.

Los alumnos que habían comido raíces habían abandonado la prueba mucho antes que los que habían comido galletas con chocolate. Éstos últimos llegaron hasta el final, agotando sus energías y siendo forzados a rendirse por el profesor. Los psicólogos que observaron esta conducta vieron que la fuerza de voluntad actuaba como un músculo, y que los que llegaron a la prueba matemática después de comer raíces mientras olían las galletas recién hechas, habían gastado casi toda su fuerza de voluntad. El músculo de la voluntad estaba agotado.

Con esta información sabemos que la fuerza de voluntad se agota y, por tanto, debemos saber muy bien cómo repartirla. Y ahora vayamos a lo más interesante, cómo aumentarla.

¿Sabéis por qué en el experimento los problemas no tenían solución? Porque solucionar uno de ellos hubiese enviado un estímulo de gratificación al cerebro y se hubieran liberado dopamina y oxitocina, lo que llevaría a aumentar tu nivel de motivación y dar más energía a tu fuerza de voluntad. Y ése es el secreto. Crear un vínculo de acción – estímulo – recompensa. Pero para realizar una acción, debe haber un porqué, ese porqué es nuestro propósito, y nadie más que tú sabe cuál es. Busca esa razón que te lleva a querer cambiar, que te pide responsabilizarte de ti mismo, que te exige mejorar. Una vez encuentres el motivo, despertarás la motivación. Motivación: motivo que lleva a la acción. Déjate impulsar por la motivación, pero no te dejes engañar, pues cuando su fuerza se va, te quedas solo. Sólo hay dos tipos de personas en esta vida, los que engañan y los que son engañados. Sé de los que engañan.

4 normas para aumentar tu fuerza de voluntad
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Yo era una de esas personas que se han apuntado más de diez veces a varios gimnasios, de los que se fumaba el último cigarro en la ventana diciéndome que iba a ser el último, de los que me organizaba la semana con tareas a hacer y no las cumplía, de los que me proponía escribir cada día un mínimo de una hora y acababa saliendo tres y cuatro noches a la semana. Yo era de esos que empezaba con mucho ímpetu y motivación nuevas acciones en busca de ser una versión mejorada de mí mismo, y a los dos meses volvía a estar como al principio. Acabé creyendo que era una persona débil y que mi naturaleza me llevaba a dejarme llevar por la pereza como las hojas son arrastradas por el viento del otoño calle abajo. Pero lo único que sucedía era que me dejaba arropar por la motivación y, cuando ésta desaparecía, se acababa todo. Lo que estaba pasando era que no entendía cómo funcionaba la fuerza de voluntad y sólo me dejaba llevar por la motivación. ¿Pero sabéis qué? Escribo estas líneas un lunes a las dos de la mañana, hago deporte cuatro veces por semana, he pasado de un 15,6% de grasa corporal a un 10,2%, madrugo sólo por el hecho de no perder el tiempo durmiendo horas que no necesito y no fumo. He pasado de salir cuatro veces a la semana a salir cuatro veces al mes —soy una persona muy social, no concibo una vida de sacrificio total—. Y mi vida no es más aburrida, sino todo lo contrario, es más intensa. Y lo mejor de todo, sin esfuerzo. Como una parte de mí, como un hábito. ¿Y cómo lo he conseguido? Engañando a mi sistema a través de cuatro reglas básicas:

  1. Allanar el camino.
  2. Hacer un mínimo.
  3. Repartir el esfuerzo.
  4. Recompensarse.

Conocedor de que la fuerza de voluntad es un músculo, lo traté como a tal. Si tienes que levantar una barra con cien kilos, aunque sea una vez, ¿qué harías? Tener paciencia. Levantar la cantidad que pueda sin que eso me tenga todo el día dolorido y sin poder hacer nada más. Así que levantaba cuarenta, diez veces. Con el tiempo he conseguido levantar ochenta, aún no tengo el cien, pero ya llegará, y si no llega, sigo estando orgulloso de los ochenta. Con la fuerza de voluntad pasa exactamente lo mismo. Quieres dejar de fumar, conseguir un mejor cuerpo y acercarte más a tus metas, así que abandonas los cigarrillos, te apuntas a un gimnasio a machacarte una hora mientras te alimentas a base de pollo a la plancha y, cada noche antes de ir a dormir, lees y estudias inglés. So. Frena. Puede que la motivación te lleve a hacerlo con un entusiasmo espectacular durante una semana, dos o hasta un mes. Pero después habrá días que no entrenes, porque estás cansado y tú mismo te dices que necesitas un descanso y, ya que no has hecho ejercicio, tomemos ese día como un día libre, en el que te comerás un helado mientras ves la televisión. La semana siguiente serán dos días, precisamente los del fin de semana, y después habrán más días de descanso que días de trabajo en uno mismo. Finalmente, estarás en casa lamentándote de tu naturaleza o diciéndote que la mala vida es en verdad la buena vida, mientras sigues pagando cuota del gimnasio, claro. Pero para el uno de enero, todo cambiará. Y así te vas a la cama engañándote a ti mismo, diciéndote lo que quieres ser y fantaseando con lo que tendrás, susurrándote mentiras que serán como caricias para un perro al que han maltratado. Engaña a tu propio sistema y domina tu mente, poco a poco tu fuerza de voluntad crecerá. Haz uso de las cuatro reglas:

  1. Allanar el camino conlleva tomar pequeñas acciones molestas que evitan que se genera un gran obstáculo. Sería recoger y limpiar la casa según se va desordenando y ensuciando y no esperar a que sea un desastre para ponerte manos a la obra. Puede que la lógica te diga: «es mejor dedicar un par de horas o tres un día a la semana, así optimizo el tiempo». Pero no es la lógica quien te habla, es la pereza. La lógica te diría «si cada día te lavas los dientes, al final ese acto se convierte en hábito y no requiere ningún esfuerzo, por lo que tu dentadura estará sana sin ningún tipo de esfuerzo».
  2. Hacer un mínimo significa que, si te has propuesto madrugar y salir a correr todas las mañanas y, esa mañana estás muy cansado como para hacerlo, no lo hagas. Pero haz un mínimo, levántate de la cama y lávate la cara, eso no requiere apenas esfuerzo. Hacerlo te dará un pequeño estímulo de recompensa que alimentará tu motivación (ésta es la razón de que los problemas del experimento no se pudieran resolver, para que la motivación no alimente a la fuerza de voluntad), aunque sigues cansado y no vas a salir, quizá puedes hacer otro mínimo que es ponerte la ropa de deporte que preparaste la noche anterior (punto 1). Quizá te desvistas y te duermas, pero tu cerebro ya asimila que hay una rutina matutina. O quizá otro estímulo te haga ponerte las zapatillas, y quizá otro salir a caminar cinco minutos… No se sabrá hasta que lo pruebes, pero si estás en la cama, te puedo predecir el resultado, dormirás. Y cuando te levantes te sentirás mal contigo mismo, y como ese día ya ha empezado mal, no desayunarás lo que te propusiste, porque estás desmotivado. Estás decepcionado contigo mismo.
  3. Repartir el esfuerzo es, no tomar todas las acciones al mismo tiempo. Recuerda, si comes raíces no durarás mucho resolviendo problemas matemáticos. Si dejas de fumar, entrena poco, porque si a la noche quieres estudiar no podrás concentrarte pensando en el tabaco. Si comienzas una dieta para adelgazar, no te machaques demasiado con inglés, pues tu fuerza está agotada y creerás que no se te da bien ese idioma.
  4. Recompensarse. Hay muchas formas. ¿Dos semanas sin fumar y quieres comprarte algo con lo que has ahorrado? Adelante. ¿Has conseguido bajar esos cinco kilos? Sal con tus amigos a celebrarlo. ¿Has salido a correr durante dos semanas? Te mereces un día de spa.

Controlando al enemigo, doblegando a la perezaacedia

Ya sabemos qué es la fuerza de voluntad, ahora hay que saber qué es exactamente su enemigo, la pereza.
La pereza es el más metafísico de los siete pecados capitales. Proveniente del latín, «acidia», es un estado de letargo que impide desarrollar la capacidad de tomar conciencia de cuál es nuestra posición y condición en el mundo. Definida como una enfermedad que impedía al sujeto realizar las obligaciones oportunas para mejorar su propia vida. La pereza era equiparada a una depresión, a una tristeza de ánimo que apartaba a las personas del desarrollo personal a causa de los obstáculos y dificultades que se encuentran en la vida.

La pereza ha pasado de ser tratada como una enfermedad a ser considerada una excusa. Incluso a veces es confundida con el descanso, que nada tiene que ver. El descanso es una parte importante para el cuerpo, tanto para la recuperación de fibras musculares como para la asimilación de información por parte del cerebro. Pero la pereza es otra historia. La pereza es dañina, la pereza es la forma en la que uno se sabotea a sí mismo. Es una enfermedad, y como toda enfermedad, hay que erradicarla. La pereza nace de tus dudas. Cuando estás en la cama y piensas que tienes que hacer algo, lo primero que te preguntará la pereza será «¿para qué?». Si no tienes claros tus objetivos, tus motivaciones y las acciones que has de tomar darás pie a que  encuentre resquicios en tu voluntad y te haga ese tipo de preguntas. Sin embargo, si  tienes claro lo que quieres, cómo lo que quieres y en quién te convertirás cuando lo consigas, la pereza sólo aparecerá espontáneamente, y cada vez de forma más débil. Quizá trate de distraerte y, a veces lo conseguirá. Es entonces cuando deberás aplicar las cuatro reglas. Ten continuidad y estas pequeñas acciones acabarán convirtiéndose en rutinas que no agotarán tu fuerza de voluntad y, con el tiempo, en un hábito, en una parte de ti. Cuando conviertes acciones en hábitos, la pereza no entra en juego.

Luchar contra la pereza es luchar contra uno mismo, enfrentarse a la naturaleza viciosa y ociosa del ser humano. A todos nos gusta dormir, tirarnos en el sofá y, de una forma u otra, perder el tiempo. Pero el tiempo no está sujeto a las leyes del hombre, no te esperará, no te ayudará, no correrá a tu favor. El tiempo es impasible e indiferente, y el único que puede darle el valor suficiente eres tú. Mucha gente duerme esperando que mañana sea mejor, y sus vidas raras veces cambian. Otras, sin embargo, se despiertan y se esfuerzan para que el hoy sea mejor, sacrificando lo que son por lo que quieren ser. Tienen fuerza de voluntad para mejorar su vida, para conseguir sus propósitos, para convertirse en la persona que siempre han anhelado ser.

Con fuerza de voluntad uno puede conseguir cualquier cosa. Con fuerza de voluntad, uno incluso puede conquistar su propio destino, ya que nuestro porvenir no está escrito en las estrellas, sino en la voluntad y en la fuerza dentro de nosotros.

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